“Si sientes dolor, estás vivo. Si sientes el dolor de otro, eres humano”: la empatía comopilar fundamental de los derechos humanos
Autora: Karla Sanchez Alvitres - Licenciada en Ciencia Política y Gobierno
El siete de abril del presente año, el presidente de Estados Unidos proclamaba que “toda una civilización morirá esta noche” (Blackburn, 2026). Las viejas meticulosidades discursivas por temor a la opinión pública parecen haber quedado en el pasado, pues lo revelador del mensaje no fue solo su contenido, sino la existencia de un público receptor que acoge con vehemencia un discurso deshumanizante. Si bien, para muchos, las palabras de Donald Trump solo reflejan el accionar histórico de su país, lo que realmente cabe cuestionarse es por qué ya no se lo oculta bajo el velo ético. Concretamente, ¿por qué la vulneración de los derechos humanos ya no causa una indignación generalizada, sino que, incluso, evoca gestos de pleitesía de un gran sector de la población? Se parte de una premisa axiomática: la falta de empatía debilita la defensa de los derechos humanos. En esa línea, se abordarán los principales factores que han erosionado la cultura de los derechos humanos, las manifestaciones de esta tendencia global, la importancia de volver a defenderlos y los caminos propuestos para comenzar a hacerlo.

En algún lugar de la memoria colectiva, se ha perdido el recuerdo de que los derechos
humanos nacieron de una conmoción: el espanto ante los crímenes cometidos en la Segunda Guerra Mundial. Los Juicios de Núremberg y los Juicios de Tokio fueron crónicas punzantes de terribles atrocidades, que instaron al urgente reconocimiento de la subjetividad jurídica internacional del individuo. Este debía ser protegido de cualquier agresión, en cualquier parte del mundo, que atente contra su dignidad. Paulatinamente, la sensibilidad ante las injusticias configuró un lenguaje común de defensa de los derechos humanos, el cual impulsó un proceso de generalización, que fue acortando la brecha existente entre la afirmación universalista y la práctica restrictiva de los mismos (Peces-Barba, 1999). Por ello, los derechos humanos deben entenderse como resultado de largas reflexiones, intensos debates, prolongadas luchas y álgidos momentos revolucionarios (Klaiber, 2006), que empezaron por la empatía, por conmoverse ante dolor del otro, y por buscar los caminos que permitían alcanzar ese anhelado horizonte de justicia y paz. Los movimientos sociales que contribuyeron a estos avances en materia de derechos tuvieron que enfrentarse a grupos que los percibían como una amenaza a sus intereses o que, sencillamente, discrepaban de sus ideas. Así, uno de los factores que explican la laxitud actual de la cultura de los derechos humanos es el avance de los contramovimientos, los cuales han llegado a construir una enorme red de simpatizantes hasta convertirse en partidos políticos de ultraderecha.
De acuerdo a Tarrow (1997), “cuando el éxito de un movimiento amenaza a otro grupo en el contexto de grandes movilizaciones, puede llevar a contraprotestas más virulentas y a generar un contramovimiento” (p. 174). Los avances en materia de derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTIQ+, de los pueblos indígenas o de los migrantes despertaron las alarmas de los grupos que, antes de estos cambios, ocupaban (o sienten que ocupaban) posiciones predominantes. Por ello, cuando un movimiento logra influir en políticas públicas o en en la agenda social, provoca una preocupación política que incita la movilización de la oposición (Meyer y Staggenborg, 1996).

Dicho fenómeno es parte del juego político dentro de un marco democrático: las colisiones de grupos que piensan distinto y que pueden alzar su voz disidente es un rasgo de un régimen plural. No obstante, con la explosión de las redes sociales, los límites de la libertad de expresión son constantemente expandidos para, en nombre de esa libertad, incitar al odio y a la violencia en todas sus formas. Ahora, un Nick Fuentes se posiciona como líder de la escoria, con declaraciones nauseabundas que movilizan a grandes simpatizantes en ese país que se propuso, alguna vez, difundir sus valores morales a todo el orbe (Kissinger, 2001).
"Muchas mujeres quieren ser violadas... Quieren que un hombre les dé una paliza" (Soria, 2025), dice, de manera orgullosa, mientras un Piers Morgan (derechista conservador), lanza una mirada de indignación que rezuma espanto. Lo que vuelve a este escenario en una distopía terrorífica cumplida es, insisto, la cantidad de adeptos a personajes como Fuentes. Hace unos años, aquellas palabras hubiesen provocado su cancelación; ahora, el mundo aplaude.
De acuerdo a Chul Han (2022), las redes sociales han aniquilado la acción comunicativa,
debido a que han consumado la desaparición del otro. La democracia, como práctica
discursiva, conlleva, necesariamente, la presencia de un receptor, así como la propia apertura a que cuestione lo que pienso. “La expulsión del otro refuerza la compulsión
autopropagandística de adoctrinarse con las propias ideas” (p. 46). En efecto, ahora lo que está frente a nosotros es una pantalla y un constante flujo de información, algorítmicamente organizada, que crea espacios privados de cámaras de eco: uno solamente se escucha a sí mismo. Este segundo factor ha contribuido al establecimiento de un terreno fecundo para los contramovimientos, que se han ido radicalizando y les ha permitido ampliar una gran red de simpatizantes. No obstante, Chul Han no establece que las burbujas informativas sean causantes de estos grupos reaccionarios; de hecho, les asigna un papel menor. Más bien, son el reflejo de una sociedad tribalizada que se refuerza en la esfera digital. “Tribal”, porque la hiperculturización de la globalización ha ocasionado pérdidas de identidad que sí otorgan estos espacios. Por ello, son estas tribus digitales las que, directamente, expectoran a lo que no encaja con sus creencias y que, según ellos, “atentan” contra su comunidad identitaria. No escuchar la voz de otro no solo ha conllevado indiferencia: también se ha concretado en discursos y actos violentos. Como señala Chul Han, ser sordos al otro nos ha “[conducido] a la pérdida de la empatía” (2022, p. 49).
Como tercer factor está el auge de partidos políticos de ultraderecha, fenómeno
estrechamente vinculado a los anteriores. Según Rovira (2024), en América Latina, la
derecha convencional ha quedado rezagada por la abrumadora acogida a discursos
extremistas, particularmente, en la dimensión sociocultural. Si la derecha convencional opera en los márgenes de la democracia, la ultraderecha la critica y la transgrede. Al desconocer los límites éticos, se despliegan discursos de odio que han desencadenado escenas de agresividad y muertes que (para insoportable indignación de los que aún defienden los derechos humanos) innumerables personas celebran. En efecto, lo que se vive hoy en la región es “una progresiva y preocupante normalización de las ideas de ultraderecha” (Rovira, 2024, p. 68). No solo se trata de una oposición respecto al ascenso de grupos excluidos, como se veía con los contramovimientos, sino de la denigrante coprolalia naturalizada en las proclamaciones públicas, que incitan a la violencia. El “otro”, el que es diferente a mí no tiene dignidad (o no tiene el mismo grado de dignidad): no es (completamente) humano. Lo vemos desde los misóginos de la catalogada “machosfera” y los que aplauden el genocidio palestino, hasta en nuestros coterráneos “terruqueadores” ante cada legítima protesta ciudadana. No faltan, por supuesto, los descarados moldeadores de la memoria colectiva. Se niegan dictaduras, muertes, abusos; se perdonan a los victimarios y se olvidan a las víctimas.
Como advertía Kundera al mirar una fotografía de Hitler, este regreso a las tinieblas
“demuestra la profunda perversión moral que va unida a un mundo basado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en este mundo todo está perdonado de antemano y, por tanto, todo es cínicamente permitido” (2017, p. 2).

El historiador Ilan Pappé menciona que, “cuando un soldado israelí ve a un bebé palestino, lo que ve no es un bebé: es el enemigo” (Espinosa, 2026). Hasta este escenario nos hemos arrastrado. En este punto, ante la creciente e insostenible deshumanización, emerge la gran pregunta: ¿qué hacer? Primero, resistir “como una torre cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los vientos” (Alighieri, s.f., p. 113) para evitar caer en la resignación. En efecto, la brecha existente entre lo que se dice y lo que se hace ha empujado a muchos a la explícita o tácita aceptación de esta incongruencia. Los derechos humanos no son más que una falacia retórica, un sensacionalismo que apela a la ingenuidad de los países menos poderosos, un discurso instrumentalizado de acuerdo a las conveniencias de cada potencia. Así es el mundo, dicen. Por ello, el segundo paso es destruir esta visión inmovilizadora y volver a apreciar la trascendencia de los derechos humanos en los sentidos jurídico y moral, lo cual se aprecia claramente en la experiencia del ex diplomático filandés, Martti Koskenniemi, cuando asistió a una sesión del Consejo de Seguridad como observador participante. El debate comenzaba con argumentos jurídicos, que, poco a poco, se convertían en la base para desplegar decisiones políticas (Koskenniemi, 2020). Koskenniemi comprendió que, en el proceso de justificación de determinadas medidas internacionales, el derecho y la política van de la mano. El derecho, más que un conjunto de reglas compartidas, es un sistema de valores compartido. Se construye una comunidad en torno al mismo, que funciona como un lenguaje común a todos y es enarbolado ante cada opinión, elección, veredicto y acción. El trecho entre el dicho y el hecho no es, entonces, insalvable. Hay un puente que los une: una cultura en torno a los derechos humanos.
El tercer paso implica cómo reforzar esa cultura. Si como punto de partida afirmamos que la falta de empatía debilita la defensa de los derechos humanos, cultivarla conlleva el efecto inverso. Para esto, en concordancia con Rorty (1993), es esencial una “educación sentimental”, pues no ser indiferentes, poder sentir el dolor del otro, reconocernos al escuchar cada historia desgarradora siempre han constituido el impulso para la defensa y promoción de los derechos humanos. Acoger una sensibilidad intersubjetiva no significa, necesariamente, experimentar de manera profunda la aflicción del otro. El autor apuesta por algo más sencillo y fácil de alcanzar: acoger aquellas pequeñas semejanzas, como el hecho de tener padres, amigos, hijos, metas futuras. En el último capítulo de la Ilíada, cuando Príamo y Aquiles se encuentran cara a cara (uno con el asesino de sus hijos y el otro con el padre del asesino de su amigo), ambos se reconocen en el dolor de perder a alguien que amas.
Muchos esgrimen que, para llegar a ese nivel de sabiduría, se requiere una ardua educación de la mente, pero no. Lo que se requiere, dice Rorty (1993) es una educación de los sentimientos (del corazón), que comienza con una formación humanista que nos induzca a la katharsis.
En la antigua Grecia, explica Gamio (2005), la tragedia era imprescindible para la formación del carácter de la polis, debido a que tenía el efecto de purificar el juicio del espectador y conducirlo por el camino ético. La tragedia constituía un ritual ético-político, dado que, a través de la compasión y el temor, inducía a una katharsis, es decir, a la “clarificación ética que permite al ciudadano evaluar críticamente diferentes formas de pensamiento, valoración y acción que tienen lugar en la escena trágica, pero que podrían asumir una figura concreta en el espacio público” (p. 4). Se afirma, por ende, que esta educación es un “aprendizaje a través del dolor”. Las historias contadas exponen a protagonistas inmersos en situaciones de crueldad y de injusticia. Uno padece con él, siente con él: tiene compasión. Pero, a su vez, temor, porque uno se imagina a sí mismo en una situación similar. “Se trata de emociones que nos conmueven en tanto proyectamos el yo en el tú” (Gamio, 2005, p. 5). Esta paideia, en resumen, promovía la empatía. Por ello, si se ha experimentado un progreso moral hasta institucionalizarlo en todo un Sistema Universal de Protección de los Derechos Humanos se debe a que hemos sido “llevados a la acción gracias a historias tristes y sentimentales” (Rorty, 1993, p. 24). La literatura, la música, la pintura, etc. contribuyen a la sensibilización ante el dolor ajeno y, por ende, a la defensa de la dignidad de cada ser humano (Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 2024). De hecho, cualquier rama del conocimiento debe ir de la mano con una formación que apele a nuestra sensibilidad, como las tragedias griegas.
De acuerdo a Amnistía Internacional, los principales responsables para garantizar y promover una educación en derechos humanos son los Estados, los cuales “deben implementar políticas educativas inclusivas, accesibles y de calidad en todos los niveles y espacios de aprendizaje” (Amnistía Internacional España, s.f.). Este deber se encuentra en la misma Declaración Universal de Derechos Humanos, que enfatiza que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales” (Asamblea General de las Naciones Unidad, 1948, artículo 26). Sin embargo, dicha tarea también es responsabilidad de otras instituciones, como los medios de comunicación, las familias, las organizaciones sociales, las comunidades y toda la sociedad civil en general. No debemos esperar únicamente un cambio de arriba hacia abajo.
Podemos construir un camino desde abajo, con pequeñas acciones en nuestra vida cotidiana y con la exigencia de justicia ante situaciones donde la dignidad de mi semejante está siendo vulnerada.
El actual retroceso en materia de derechos humanos es síntoma de un mundo que está
perdiendo la sensibilidad, donde el individualismo y la indiferencia nos atomiza, cada vez más, como sociedad. La incapacidad de conmoverse ante el dolor, el impulso egoísta de sobresalir a costa de los demás nos está quitando nuestra humanidad. Debemos regresar a ese sentimentalismo que nos hace ver críticamente la realidad y nos insufla valor para condenar actos tan deleznables como asesinar a toda una civilización.
Referencias bibliográficas:
Amnistía Internacional España. (s.f.). Educación en derechos humanos.
Alighieri, D. (s. f.). La divina comedia (C. Barthe, Trad.). Fundación Carlos Slim.
Asamblea General de las Naciones Unidad (1948). Declaración Universal de los DerechosHumanos. Naciones Unidas.
Blackburn, G. (7 de abril de 2026). Trump afirma que “toda una civilización morirá esta
noche” si expira el ultimátum a Irán. Euro News. https://es.euronews.com/2026/04/07/trumpafirma-que-toda-la-civilizacion-morira-esta-noche-si-expira-el-ultimatum-a-iran
Chul Han, B. (2022). Infocracia. Taurus
Espinosa, D. (15 de mayo de 2026). Criminales de vacaciones. Hildebrandt en sus trece (p.18).
Gamio, G. (2005). La purificación del juicio político. Narrativas de justicia, políticas de
reconciliación. Pontificia Universidad Católica del Perú.
Gonzales, J. (1996) La dignidad de la persona; Madrid; Civitas.
Kissinger, H. (2001). El nuevo orden mundial. La diplomacia (pp. 11-23). Fondo de Cultura Económica.
Koskenniemi, M. (2020). El lugar del derecho en la seguridad colectiva. La Política del
Derecho Internacional (pp. 85-120). Editorial Trotta.
Klaiber, J. (2006). “Derechos Humanos: una visión histórica”, En: SALMON, Elizabeth,
“Miradas que construyen. Perspectivas multidisciplinarias sobre los derechos humanos”. IDEHPUCP: Lima, pp. 11-43.
Kundera, M. (2017). La insoportable levedad del ser. Editorial Planeta.
Meyer, D.S., and Staggenborg, S. (1996). Movements, Countermovements, and the Structure of Political Opportunity. American Journal Of Sociology, 101(6), 1628-1660.
Peces-Barba, G. (1999). Curso de Derechos Fundamentales. Madrid: UC3M, B.O.E.
Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. (18 deoctubre de 2024). El arte de defender los derechos humanos.
Rorty, R. (1993). “Derechos humanos, racionalidad y sentimentalismo”. The Yale Review.Cali, volumen 81, número 4.
Rovira, C. (2024). La ultraderecha en América Latina: particularidades locales y conexiones globales. Nueva sociedad, (312), 62-78.
Soria, P. (9 de diciembre de 2025). ¿Quién es Nick Fuentes y los Groypers? El supremacista hispano que odia a las mujeres. The Arizona Republic.
Tarrow, S. (1997). El poder en movimiento: Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Madrid: Alianza Editorial.




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