Por el Día del Trabajador y la Trabajadora: reflexiones sobre limones y limonadas
Ivanna Meza
1 may 2024
6 Min. de lectura
Hoy 1 de Mayo, recuerdo a miles de trabajadoras y trabajadores que he conocido en mi vida. Desde los rostros sobre-visibilizados e instrumentalizados por las empleadoras en sus campañas promocionales, hasta los rostros invisibilizados detrás de los trabajos domésticos y otros rostros más que por su condición laboral y de informalidad no he podido apreciar, pero que ahí están.
Llevo tan solo dos décadas de existencia, pero desde pequeña, mamá me enseñó que trabajar era sacrificar parte esencial de tu desarrollo como persona, más aún cuando la situación económica de la familia es paupérrima. En mi generación, algunas y algunos, tenemos la oportunidad de idealizar mejores caminos y futuros de desarrollo personal, pero en la época de mamá cada quien trabajaba para sobrevivir; y, esta no es una realidad alejada, aún sigue siendo así para muchas y muchos peruanos.
Aunque el trabajo debería ser un medio y no un fin para nuestra subsistencia, millones de trabajadoras y trabajadores siguen condenados a este modelo de desarrollo capitalista que nos configura para soportar más de 8 horas laborales diarias. A pesar de que la lucha por un jornal laboral más justo se llevó a cabo el siglo pasado, el sistema se las ha ingeniado para perpetuar la precarización solapadamente. Ahora, se pretende extender la jornada laboral mensual con la promesa de bonos económicos que no le hacen justicia a nuestro esfuerzo y dedicación. Los empleadores se aprovechan de las condiciones socioeconómicas de los que hoy llaman “colaboradores”, y pretenden hacer sustituir las carencias del sistema, tapando la herida con un par de santa rositas (billete de S/ 200.00) o billetes de 100. Dinero, que lamentablemente, termina siendo indispensable para completar la canasta básica familiar, en algunos casos y en otros no.
Fue en el Perú de 1919, durante el gobierno de José Pardo y Barreda, donde, después de intensas protestas y movilizaciones obreras, se oficializó la jornada laboral de ocho horas. Un siglo después, la sociedad patriarcal sigue aferrándose a sus patrones de reproducción. Si antes se condenaban las horas de trabajo bajo condiciones insalubres y extenuantes, ahora también tenemos que condenarlas. Es importante seguir extendiendo el debate a los trabajos domésticos y de cuidados, los cuales han sido socialmente consignados a las mujeres.
No tan solo mi madre lo arriesgó todo. Mujeres en toda América Latina buscan ingresos económicos rentables para subsistir. Es así como, nadando contra corriente, se disponen a trabajar doble jornada laboral sin tener el reconocimiento merecido. En consecuencia, el jornal de una mujer puede extenderse hasta 16 horas diarias, entre trabajo remunerado y no remunerado. Ello sin contar, que la mayoría de las mujeres y diversidades se insertan en sectores de trabajo informal, siendo expuestas a condiciones aún más precarias: abuso, hipersexualización, acoso, bajos salarios, y explotación.
“El trabajo dignifica, eso dice mi patrón”
Los Espíritus, 1998
Hemos aprendido, o se nos ha enseñado a romantizar el sacrificio desproporcionado de la o el trabajador. A menudo proliferan discursos valorativos como los referidos a las y los “burócratas de la calle”; aquellas personas capaces de surfear los obstáculos de la burocracia peruana para conseguir resultados alentadores en beneficio de la sociedad. No obstante, la experiencia laboral de una mujer como mi madre, me enseñó el otro lado de esta moneda. Los eufemismos no bastan ni para entender la realidad, por el contrario, la invisibilizan. Pues, las condiciones laborales y sociales detrás de esta situación reflejan precariedad, sobre-explotación en el jornal diario, y nulos reconocimientos por la contribución. Ello, sin abordar los impactos más personales que van desde el detrimento de nuestras aspiraciones hasta la pérdida del sentido de la vida fuera de lo laboral.
Así funciona ahora, al parecer. Tu rol laboral te compone y descompone. El sistema te moldea para la acción servil o de servicio. Sin darte cuenta la experiencia laboral cotidiana se convierte en un juego de suma cero en el que ponemos en riesgo el alcanzar una vida digna, justa y libre.
Sabemos por la Ley Procesal del Trabajo que el trabajo obligatorio se encuentra vedado dentro de la Constitución. En ese sentido, Quiñones Infantes, resalta que ni el Estado ni ente particular alguno, puede impedirte u obligarte a elegir y ejercer una actividad productiva; pero, ¿qué pasá cuando no es ni el Estado ni algún individuo en particular quién te obliga a ejercer una actividad productiva, sino más bien es un sistema entero el que te coacciona?
Si del cielo te caen limones aprendes a hacer limonada. Frente a la precariedad laboral y la falta de acceso a plazas de trabajos formales, no queda de otra. Muchas personas están obligadas por las “circunstancias” a ejercer un tipo de trabajo que no se compagina con sus proyecciones personales y de realización individual. Bajo estas condiciones, ¿si no hay para comer hoy existe posibilidad de pensar en un mañana, en un futuro o siquiera en un después? Esa es la incertidumbre que sienten a diario miles de trabajadores y trabajadoras.
Paradójicamente, mientras el sistema de producción se reproduce y perpetúa en beneficio de los que mucho tienen, se limitan las posibilidades del trabajo formal. Se nos priva la libertad de trabajo y el gozar de condiciones dignas de vida. Así sucede, vivimos obligados a hacer limonada en una sociedad en la que del cielo no tan solo caen limones.
Peor aún, qué pasa cuando de tu cielo ni siquiera caen limones. Entre las y los que tienen y padecen, también están las y los que no tienen y también padecen. La inserción laboral formal después de la pandemia ha sido, sin exagerar, un caos. A fines del año 2023, según el INEI, 8 de cada 100 personas se encontraban desempleadas. Eso constituye a una población total de 794,642 personas. Cifras que nos remontan al siglo pasado donde Juan Domingo Perón (1971) asentía que:
“Gobernar es crear trabajo, porque es inconcebible que en aquel entonces, en el año 1946, existieran 800 mil desocupados como existen actualmente en la Argentina 800 mil desocupados. ¿Cómo puede explicarse que en un país en el que hay todo por hacerse haya 800 mil personas sin trabajar? ¿No es obligación del gobierno crear eso?”
Ante esta ausencia de promoción laboral por parte del Estado, cada quien comienza a bailar con su propio pañuelo. Ya lo advertía Alberto Vergara en una de sus últimas columnas en La República, pues sin leyes, sólo quedará la facción. La ciudadanía deja de creer en el entramado institucional como garante del bien común, y comienza a desilusionarse sobre la formulación de mejoras. De esta manera, cada vez más se incrementa la sensación de dificultad para conseguir trabajo entre los peruanos y peruanas. A raíz de ello, y en complemento con la crisis política y la poca estabilidad económica, miles de jóvenes deciden migrar a otro país. Tan solo en el 2022 y el 2023 migraron más de 400 mil peruanos y peruanas por año. Pues, si en este cielo no caen limones, aprenderán en otro lugar y con otros insumos a hacer limonada.
Frente a este contexto, también nos preguntamos, ¿qué pasa con aquellos y aquellas que se encuentran en este cielo, donde no caen limones, pero igual aprenden a hacer limonada? Sencillo, nace el quick commerce. Esta tercera generación de servicios de entregas rápidas, es por mucho el más ejemplar de los casos para esbozar una respuesta. Son personas que trabajan para una empresa pero no gozan de ningún beneficio laboral al hacerlo. Van y vienen promocionando un logo que no es capaz de constituirlos y constituirlas como trabajadoras. Dentro de un marco normativo vacío, se convierten en trabajadoras fantasmas, independientes de un servidor por app. La ausencia de mínimos vitales para vivir, hace que nos aproximemos a sectores laborales muy por fuera de lo formal. Solo en una sociedad de necesidades básicas no garantizadas existe la posibilidad de que alguien se incorpore dentro de un régimen laboral no regulado.
Mientras tanto, los gobiernos pasan y pasan, y nadie responde.
Creo firmemente que todas las personas tenemos derecho a trabajar en condiciones justas e igualitarias, así lo reivindicó la lucha del movimiento obrero desde antes de la represión de Chicago en 1886. Más de cuatro décadas después, ya estamos en la era de la automatización del trabajo, y aún nos quedan muchas deudas humanas por saldar. Ahora mismo, deben de haber miles de empleadores que pagaron campañas publicitarias en redes sociales para promocionar y celebrar el día del trabajador, pero no hay nada que celebrar. No queremos regalos ni celebraciones una vez al año, queremos condiciones dignas, salarios justos, respeto por el jornal de 8 horas diarias, garantías en el sistema pensionario para gozar de una vejez humana, igualdad de condiciones sin importar el género, el color de la piel o la nacionalidad. Las medidas populistas, ya no taparán la herida. Hoy miles hemos despertado y nos veremos en la calle este uno de mayo.
Que bien por el comentario, fresco y real; que bien por los jóvenes que ahora son protagonistas de su propio futuro 🇵🇪
Gran reflexión. Podemos entender que la lucha trabajadora aún no debe cesar.
Una reflexión profunda con una pluma envidiable, que brinda cuestionamientos profundas sobre la condición de las trabajadoras y trabajadores.