El tiempo que nos falta: Pobreza de tiempo, género y el rol pendiente de las políticas públicas en el Perú
- lespucp
- 28 may 2025
- 18 Min. de lectura
Escrito por: Maximarth Ybañez y Amanda Gomez

La pobreza de tiempo es una forma específica de privación que afecta la capacidad de las personas para satisfacer sus necesidades fundamentales y ejercer sus derechos básicos. Se define como la falta de tiempo suficiente para actividades esenciales como el autocuidado, la educación, el descanso, la participación social y otras formas de desarrollo personal, debido a la sobrecarga de tareas remuneradas y, sobre todo, no remuneradas (Zacharias, Antonopoulos & Masterson, 2012; Ng, Tan & Chung, 2024). A diferencia de la pobreza monetaria, que se mide en función de los ingresos, la pobreza de tiempo se expresa en la restricción del recurso más universal: el tiempo.
La pobreza de tiempo se define como la falta de tiempo suficiente para actividades esenciales como el autocuidado, la educación, el descanso, la participación social y otras formas de desarrollo personal, debido a la sobrecarga de tareas remuneradas y, sobre todo, no remuneradas.
Este fenómeno constituye un factor estructural que profundiza las desigualdades sociales y limita el bienestar integral de las personas, especialmente en contextos donde las tareas domésticas y de cuidado no se distribuyen de manera equitativa entre hombres y mujeres (Loayza, 2021; Banco Mundial, 2023). La pobreza de tiempo afecta de forma desproporcionada a las mujeres debido a los roles de género históricamente asignados, que las posicionan como principales responsables del trabajo doméstico y de cuidado, tanto en el ámbito privado como en el comunitario, sin considerar su participación en el mercado laboral (Beltrán, Lavado & Teruya, 2019; MIMP, 2010). Así, mientras los hombres concentran su tiempo mayoritariamente en actividades remuneradas, las mujeres enfrentan una doble carga: deben compatibilizar el trabajo remunerado con el no remunerado, lo que incrementa su carga total de trabajo y limita el acceso de las mujeres a espacios de autocuidado, formación y participación social (UNICEF & OIT, 2024; PNUD, 2023).
Esta distribución desigual del tiempo tiene consecuencias profundas. La pobreza de tiempo no solo afecta las trayectorias laborales y educativas, sino también la salud mental, la participación política y la posibilidad de romper ciclos intergeneracionales de pobreza (Gupta & Chen, 2024; Banco Mundial, 2024). En los estudios internacionales, se ha evidenciado que la pobreza de tiempo reproduce y refuerza otras formas de desigualdad, siendo un obstáculo estructural que reduce la autonomía de las personas y limita su capacidad de acceder y beneficiarse de servicios públicos y oportunidades económicas (Dorn & Folbre, 2024).
En el Perú, esa desigualdad es evidente. Según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo del 2024, las mujeres emplean más tiempo que los hombres en el trabajo no remunerado. Las mujeres dedican 4 horas y 48 minutos diarios a estas labores, mientras que los hombres solo 1 hora con 35 minutos (INEI, 2024). Esta diferencia refleja una carga significativamente mayor para las mujeres, lo cual perjudica su capacidad de participar en actividades personales, educativas o laborales. La pobreza de tiempo, entendida como la restricción de tiempo disponible por la sobrecarga de responsabilidades, sobre todo no remuneradas, se convierte así en una barrera para el desarrollo de las mujeres en el Perú.
En esa línea, el presente estudio de caso se propone analizar la pobreza de tiempo que enfrentan las mujeres peruanas, centrándose en tres preguntas clave: ¿cómo ha evolucionado entre 2010 y 2024?, ¿cuáles son sus principales efectos en el bienestar y las oportunidades de las mujeres? y ¿qué se está haciendo desde las políticas públicas para reducirla?
Evolución de la pobreza de tiempo en el periodo 2010 a 2024
La primera medición integral de la pobreza de tiempo en el Perú fue realizada por Beltrán, Lavado y Teruya (2019), quienes aplicaron la metodología LIMTIP (Levy Institute Measure of Time and Income Poverty) a los microdatos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2010 (ENUT 2010). El estudio estimó que el 43,7 % de la población enfrentaba pobreza de tiempo, es decir, no contaba con suficientes horas disponibles para atender necesidades personales básicas tras cumplir sus responsabilidades laborales y de cuidado. Esta proporción superaba en 12,6 puntos porcentuales a la pobreza monetaria registrada oficialmente ese mismo año. Además, se identificó una brecha de género significativa: las mujeres eran 7,3 puntos porcentuales más propensas que los hombres a experimentar pobreza de tiempo, y destinaban en promedio 41 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 17 horas en los hombres. El 16,5 % de la población sufría una doble privación: pobreza de tiempo y pobreza monetaria, principalmente en áreas rurales (Beltrán et al., 2019).
Aunque desde entonces no se ha actualizado oficialmente este índice, los resultados de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024 (ENUT 2024) ofrecen información suficiente para su recálculo. Según el informe técnico del INEI (2025), las mujeres peruanas dedican actualmente un promedio de 4 horas con 48 minutos diarios al trabajo no remunerado, mientras que los hombres solo destinan 1 hora con 35 minutos. Asimismo, las mujeres disponen de menos tiempo para actividades personales (17 horas semanales) en comparación con los hombres (20 horas), lo que limita sus oportunidades para el descanso, la formación y la participación social.
Gráfico 1. Promedio diario de horas y minutos dedicados al trabajo remunerado, trabajo no remunerado y actividades personales, según sexo. Comparación entre la ENUT 2010 y la ENUT 2024

Como muestra el gráfico, persisten brechas de género en la distribución del tiempo. En 2024, los hombres dedican más horas al trabajo en la ocupación (8h 41min) que las mujeres (6h 29min), mientras que estas últimas continúan destinando más del doble de tiempo al trabajo no remunerado. Aunque las diferencias han disminuido respecto al 2010, la desigualdad estructural en la gestión del tiempo se mantiene. La visualización respalda empíricamente que las mujeres enfrentan mayores restricciones para acceder al tiempo libre y al empleo remunerado.
"Las mujeres peruanas dedican actualmente un promedio de 4 horas con 48 minutos diarios al trabajo no remunerado, mientras que los hombres solo destinan 1 hora con 35 minutos"
En este sentido, la ENUT 2024 representa una oportunidad metodológica para el análisis de la pobreza de tiempo en el Perú. A diferencia de la edición anterior, esta encuesta amplió la muestra y mejoró la representatividad en zonas urbanas y rurales, incorporó un diario precodificado que registra actividades cada 10 minutos y adoptó clasificadores internacionales como la ICATUS y la CAUTAL. Además, ofrece datos desagregados por sexo, edad, ámbito geográfico, condición de discapacidad y tipo de hogar, lo que permite identificar con mayor precisión los grupos más afectados. La encuesta también recoge nuevas dinámicas pospandemia, como el teletrabajo, la educación virtual y el aumento de la carga de cuidados, factores que no estaban presentes en 2010. Esta base de datos permite replicar y actualizar el enfoque LIMTIP, facilitando la medición de la doble pobreza (monetaria y de tiempo) y el cruce de información con otros indicadores sociales y económicos. Por todo ello, resulta fundamental realizar esfuerzos por construir un nuevo índice de pobreza de tiempo, ya que esto permitiría monitorear la evolución de las desigualdades, orientar el diseño de políticas públicas y visibilizar situaciones de privación múltiple que permanecen ocultas en las estadísticas convencionales (INEI, 2024).
Efectos en el bienestar integral
Para empezar, la pobreza de tiempo conlleva efectos negativos en el bienestar de las mujeres en la medida que impide su desarrollo íntegro como persona. Para autores como Boltvinik, el tiempo es fundamental en todas las etapas de desarrollo del ser humano: desde la infancia, en la cual la disponibilidad de tiempo de los progenitores para cuidar de sus hijos es clave, hasta posteriormente el tiempo que posea el individuo para dedicar al desarrollo de sus capacidades (2005). Siguiendo con el autor, una de las condiciones para el florecimiento humano, además de las condiciones del trabajo, viene a ser el contenido efectivo de su tiempo libre, en actividades que valora. Por lo tanto, tal como lo señalan Benvin, Rivera y Tromben (2016), la pobreza de tiempo constituye una restricción a la libertad que el individuo ejerce sobre cómo utilizar su tiempo, afectando así a su bienestar.
De esa manera, las mujeres suelen estar más expuestas a esta privación del uso de su tiempo en actividades que sean valiosas para ellas. De hecho, según la ENUT 2024, las mujeres disfrutan de menor tiempo libre que los hombres. En promedio, ellos destinan 20 horas a la semana al ocio: tres horas más que las mujeres que cuentan con 17 horas. Asimismo, las mujeres descansan menos que los hombres, quienes duermen aproximadamente tres horas extra a la semana en comparación a ellas (ENUT, 2024). Como consecuencia, las mujeres muestran una mayor insatisfacción con su uso del tiempo. El porcentaje de insatisfacción de las mujeres con respecto al tiempo destinado a uno mismo es del 26 %, frente al 17% de los hombres (ENUT, 2024).
Efectos en la formación de capital humano
La pobreza de tiempo constituye un obstáculo estructural para la acumulación de capital humano en el Perú, especialmente entre personas de contextos empobrecidos. La sobrecarga de trabajo no remunerado, que recae de manera desproporcionada sobre las mujeres (ENUT, 2024), restringe el tiempo disponible para acceder a educación, capacitación técnica y formación continua. Esta limitación incide también en hijas y adolescentes que, al asumir responsabilidades domésticas desde edades tempranas, ven reducidas sus oportunidades de permanecer en la escuela, culminar estudios y desarrollar sus capacidades. Como sostienen Kes y Swaminathan (2006), esta restricción temporal afecta el desarrollo de habilidades productivas y reduce las posibilidades de alcanzar independencia económica.
La distribución desigual del tiempo disponible reproduce brechas de género en el acceso y permanencia en el sistema educativo, especialmente en zonas rurales y urbano-marginales. La carga doméstica no solo dificulta la trayectoria educativa de niñas y jóvenes, sino que también impacta en el desarrollo infantil temprano, al limitar el tiempo de cuidado y estimulación en hogares con alta presión de trabajo no remunerado. Esto se traduce en desnutrición, bajo rendimiento escolar y menor acumulación de capital humano en la infancia, efectos que perpetúan las desigualdades intergeneracionales y frenan la movilidad social (Lavado, 2019; Rojas, Campos, Cueto & Sánchez, 2024).
Efectos laborales
Diversos autores señalan las consecuencias que tiene la pobreza de tiempo en la participación de las mujeres en el mercado. Kes y Swaminathan (2006) indican que muchas tareas de no mercado, al tener una baja productividad, son intensivas en tiempo, lo que ocasiona una disminución en la disponibilidad de tiempo para participar en las actividades productivas. Lamentablemente, como ya señalamos, las principales realizadoras de estas tareas son las mujeres, quienes ven socavadas sus posibilidades de inserción y de mantenimiento en el mercado remunerado de empleo. De esa forma, sus capacidades de obtener ingresos y acceder a un empleo, así como de obtener ascensos en el trabajo remunerado son reducidas (Scuro, 2009; Aguirre, 2009).
Este efecto se ve reflejado en la situación laboral de las mujeres peruanas. Según datos del INEI (2024), entre los años 2009 y 2023, el porcentaje de mujeres sin ingresos propios ha oscilado entre 38 % y 48 %, mientras que en los hombres las cifras se mantienen considerablemente más bajas, entre 14 % y 24 % (INEI, 2024). Esta brecha persistente revela una exclusión estructural del mercado remunerado, estrechamente vinculada a la imposibilidad de compatibilizar las responsabilidades domésticas y de cuidado con el empleo formal. La carga de trabajo no remunerado limita las decisiones de muchas mujeres de buscar empleo o mantenerse en él, afectando directamente su autonomía económica.
Asimismo, Kes y Swaminathan (2006) resaltan que la pobreza de tiempo afecta la capacidad del individuo de mejorar sus habilidades a través de la educación y el aprendizaje, frenando los retornos económicos que podrían recibir en el mercado. Por lo tanto, la pobreza de tiempo acarrea importantes consecuencias en la percepción de ingresos y en la independencia económica de las mujeres.
Políticas públicas
Debido a que gran parte del tiempo de las mujeres peruanas lo destinan al trabajo no remunerado (que incluye el trabajo doméstico no remunerado, y trabajo de cuidados no remunerado principalmente), en las dos últimas décadas se han formulado políticas que buscan aliviar esta carga desproporcionada. Un primer paso fue el reconocimiento formal en el 2010 del valor económico y social del trabajo doméstico y de cuidados mediante la conformación de una Comisión Técnica, encabezada por el MIMP, para el diseño de la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo (ENUT) (MIMP, 2021). Esta encuesta buscó visibilizar el trabajo no remunerado, analizar la distribución de trabajo entre géneros y servir como base para el diseño de políticas públicas dirigidas a promover la igualdad de género (INEI, 2011). Asimismo, en el 2011, se establece la obligación de incluir una Cuenta Satélite de Trabajo Doméstico No Remunerado en las Cuentas Nacionales, con lo cual se reforzaba la obligatoriedad del Estado para visibilizar y cuantificar el trabajo doméstico no remunerado, incluyéndolo en sus estadísticas económicas mediante herramientas como la ENUT.
En ese contexto, el principal esfuerzo orientado a tratar esta desigualdad de forma integral viene a ser el objetivo de implementar el “Sistema Nacional de Cuidados con enfoque de género para personas en situación de dependencia” como parte de uno de los lineamientos de La Política Nacional de Igualdad de Género aprobada en el 2019. De igual forma, la Política General de Gobierno para el periodo 2021-2026, también señala el impulso por la creación y la puesta en marcha del sistema dentro de sus líneas de acción (MIMP, 2025). La importancia del Sistema radica en que está formulado para ser un “conjunto de acciones públicas y/o privadas que se articulan para brindar atención directa a las personas y a las familias en el cuidado de sus miembros, incluyendo la atención integral de niñas, niños, personas con discapacidad, personas adultas mayores y personas en situación de dependencia”. Con ello, su propósito está dirigido a contribuir al bienestar de las personas con necesidades de cuidados y de las cuidadoras, así como aportar a la reducción de las desigualdades de género en la distribución del trabajo no remunerado (MIMP, 2021).
Como consecuencia, se presentaron avances hacia su correspondiente implementación como la aprobación del documento del Marco Conceptual sobre cuidados en el 2021; la conformación de una Comisión Nacional de Alto Nivel para la igualdad de Género (CONAIG) ese mismo año; y la creación de un Grupo de Trabajo para la articulación de intervenciones sectoriales en materia de cuidados en el 2024 con la finalidad de articular las intervenciones que consideren los cuidados a los diferentes grupos vulnerables (MIMP, 2025). Sin embargo, hasta el presente, el Sistema Nacional de Cuidados sigue sin ser implementado. De hecho, el 5 de abril del año pasado, la Comisión de la Mujer y Familia del Congreso de la República archivó cuatro proyectos que buscaban su formación.
Aun así, se pueden mencionar políticas del Estado que pueden contribuir a aliviar la carga de cuidado que llevan las mujeres peruanas. Una de estas son los servicios institucionalizados de guardería, como parte de los programas de atención y educación de la primera infancia (AEPI). Para Díaz y Rodríguez-Chamussy, aquellos constituyen un pilar central de las actuales estrategias de política social de cuidado que intentan reducir la desigualdad de género (2017). Cuando estos servicios de cuidado infantil son asequibles, seguros y confiables, contribuyen a una mayor posibilidad de inserción al mercado laboral, reducción de la pobreza y la falta de oportunidades económicas para las mujeres (Díaz y Rodríguez-Chamussy, 2017). Sin embargo, cabe resaltar que las consecuencias positivas de los programas AEPI hacia las madres varían dependiendo de si sus necesidades están consideradas junto con los objetivos educativos de la infancia (Staab y Gerhard, 2011).
En el Perú, el ejemplo más representativo es el servicio público de cunas ofrecido por el programa social Cuna Más. Este programa creado desde el 2012 y ofrecido por el Ministerio de desarrollo e Inclusión Social es uno de los programas sociales centrales para atender el desarrollo infantil temprano en los sectores más pobres del país. El programa tiene dos componentes: uno, el que se implementa en las zonas rurales a través de visitas domiciliarias periódicas para acompañar a los padres y mejorar el desarrollo infantil; y el otro, que se implementa en los distritos urbanos pobres mediante servicios de guardería en centros basados en un modelo de cogestión comunitaria. Las guarderías funcionan de ocho de la mañana a cuatro de la tarde y brindan alimentación a los niños.
Es este segundo componente, el de las guarderías, el cual, como se señaló anteriormente, podría tener beneficios positivos hacia las madres. No obstante, se han visibilizado varios problemas en estos servicios. Primero, de acuerdo con la investigación de Rousseau, Cavagnoud y Espinosa Anaya (2025) hay una alta rotación del personal dedicado a cuidar a los niños, la mayoría madres de familia, ya que el incentivo económico que reciben es considerado como escaso en comparación a la cantidad de horas semanales de trabajo. De hecho, representantes de organizaciones sociales manifestaron su preocupación de que las madres cuidadoras reciben una remuneración baja (Defensoría del Pueblo, 2025). La rotación puede generar que el servicio sea interrumpido al no poder encontrar reemplazos, a la vez que disminuye la confianza de las madres sobre la calidad de estos servicios.
Segundo, debido al modelo de cogestión entre la comunidad y el Estado del programa, no se encuentran muchos edificios gratuitos. La comunidad es la encargada de buscar los espacios para el funcionamiento de las guarderías. Sin embargo, los distritos suelen presentar otras prioridades que se enfrentan con la de brindar locales para el programa, de modo que la existencia de un número de guarderías deseable se ve limitada (Rousseau et al., 2025). Efectivamente, se ha identificado que muy pocos municipios distritales ofrecen este tipo de servicios: solo el 17% han sido cedidos por los gobiernos locales (Defensoría del Pueblo, 2025). Así pues, se termina presentando un diseño deficiente del programa que disminuye su continuidad y fiabilidad, elementos importantes para las madres al momento de evaluar opciones de cuidado de sus pequeños.
Esto se debe, según Rousseau et al. (2025), a que todos los objetivos del programa están centrados en el desarrollo de la primera infancia, y no el facilitar la inserción laboral de las mujeres. Como consecuencia, hay una falta de inversión adicional al componente de las guarderías. Ello explica que la cobertura de estos servicios no haya logrado incrementarse a lo largo de estos años. En el 2019, únicamente el 11% de niños entre 6 y 36 meses de edad se encontraban inscritos, viéndose el incremento de tan solo un 0,5 % con respecto al 2013 con un 10,5% de la población objetivo inscrita.
Sin embargo, aun cuando existe poca oferta, la demanda no suele ser elevada. Por lo general, las madres no consideran como mejor opción los servicios de guardería. Sus fuertes creencias de ser las principales cuidadoras de sus hijos, así como los temores que poseen por la falta de confianza al ponerlos en manos de extraños, son barreras importantes a la expansión de la demanda. De esa forma, las mujeres terminan cuidando a sus hijos en su hogar, solas o con el apoyo de sus madres, abuelas y/o otros familiares (Rousseau et al., 2025)
Por su parte, el estudio de Boyd y Rentería (2018), también identifica algunas deficiencias en el programa como su horario poco flexible que no encaja con los horarios de trabajo usuales de las realidades locales. Asimismo, está la inflexibilidad de los requisitos que ocasiona que los hogares más pobres y que necesitan del cuidado sean excluidos del programa. Por último, una conclusión importante a la que llegan los autores es que, a pesar de la evidencia de que los servicios de cuidado mejoran en 14 % la probabilidad de que las madres usuarias ingresen al mercado de trabajo, ello no se traduce en una reducción de su trabajo total y en una redistribución de las tareas dentro del hogar. Su inserción laboral no logra brindarle un suficiente poder de negociación dentro del hogar, manteniendo así su carga global de trabajo (Boyd y Rentería, 2018).
En suma, si bien aún no existe una política integral plenamente implementada para redistribuir el tiempo que las mujeres peruanas dedican al trabajo no remunerado, se han presentado avances clave como el impulso del Sistema Nacional de Cuidados y programas como Cuna Más. Sin embargo, el sistema sigue sin ser creado, a la vez que los beneficios potenciales de Cuna Más se ven limitados por su diseño y cobertura, especialmente porque sus objetivos no están orientados explícitamente a atender las necesidades de las madres.
Conclusiones
A lo largo del estudio se ha evidenciado cómo la pobreza de tiempo afecta de manera estructural a las mujeres peruanas, limitando su bienestar, autonomía económica y posibilidades de desarrollo. Esta problemática se sostiene, en mayor parte, por la distribución desigual del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Frente a ello, las políticas públicas, como el proyecto del Sistema Nacional de Cuidados y el programa Cuna Más, vienen a ser intentos valiosos por aliviar esta carga. Aun así, persisten limitaciones tanto en el diseño como en la implementación de las políticas públicas. El intento fallido por implementar el Sistema Nacional de Cuidados y el diseño de Cuna Más refleja una voluntad estatal aún débil para abordar de forma integral la problemática.
Contar con un Sistema Nacional de Cuidados posibilitaría articular todas las políticas de cuidado y dotarlas de un enfoque de género que incluya de manera esencial la reducción de la división sexual del trabajo como parte de los objetivos de estos. Por ejemplo, aquello permitiría que las necesidades de las madres sean consideradas entre los objetivos de Cuna Más. Asimismo, resulta necesario disponer de herramientas de medición clave que sean incorporadas en las políticas. Como se había señalado, la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024 confirmó que la brecha en la distribución del tiempo entre hombres y mujeres persiste de forma significativa. Esta evidencia subraya la urgencia de actualizar el índice de pobreza de tiempo mediante la metodología LIMTIP, lo cual permitiría cuantificar con mayor precisión la magnitud de la sobrecarga de trabajo no remunerado y su intersección con la pobreza monetaria.
Poseer esta medición actualizada es fundamental para visibilizar situaciones de privación múltiple y para fortalecer el diseño, la focalización y la evaluación de políticas como Cuna Más o el Sistema Nacional de Cuidados. Integrar el enfoque de pobreza de tiempo en estas políticas permitiría atender de manera más efectiva las necesidades de las mujeres cuidadoras, garantizar servicios pertinentes y sostenibles, y avanzar hacia una redistribución real del trabajo no remunerado. Así, se contribuiría no solo a mitigar la brecha de género en el uso del tiempo, sino también a mejorar el bienestar, la autonomía económica y las oportunidades de desarrollo de las mujeres en el Perú.
Sin embargo, como el análisis de Cuna Más lo evidenció, todavía existen obstáculos socioculturales que, por un lado, restringen la demanda de los servicios existentes, y que, por otro lado, limitan los impactos potencialmente positivos de estos en las mujeres. La creación o mejora de políticas destinadas a aliviar la carga total del trabajo femenino no tendrán un alcance deseable si los estereotipos y roles de género continúan guiando la negociación de las tareas dentro de los hogares. Por ende, no solo se requiere crear políticas o ampliar la inversión para fortalecer su cobertura y sostenibilidad, sino también fomentar un cambio cultural que promueva la corresponsabilidad social y de género en el trabajo no remunerado. De lo contrario, las desigualdades de género seguirán reproduciéndose a costa del tiempo y, con ello, de las oportunidades y el bienestar integral de las mujeres.
Bibliografía







Comentarios