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25N: Violencia Transfeminicida en una democracia desplomada

  • Foto del escritor: lespucp
    lespucp
  • 25 nov 2024
  • 4 Min. de lectura

ESCRITO POR: Ivanna Meza y Adriana Arce


“¿Cómo es la huevada? 
Nos matan y nos violan y el gobierno no hace nada"
arenga feminista en la marcha del 25N, 2024

Atestadas por este gobierno indolente, el sistema patriarcal y la violencia de género institucionalizada, el 23 de noviembre miles de voces salimos a marchar en Lima, Perú. Una marcha por las que ya no están, por las que no volverán, por todaes aquellaes que no pudimos salvar. Una lucha constante por la memoria, la justicia y la dignidad. “PRESENTE”: gritamos al unísono, desgarradas y con dolor después de escuchar el nombre de cada mujer y diversidad que hoy ya no nos acompaña. Cada 25 de noviembre volvemos a alzar nuestras voces no solo para recordar, sino para exigir la erradicación de la violencia de género en todas sus formas. Como mujeres que enfrentamos diariamente la violencia machista y feminicida, sentimos profundamente cada pérdida y denunciamos cada caso impune

Fueron 121 feminicidios los que reportó la Defensoría del Pueblo tan solo este año. De este informe, se evidencia un subregistro frente a la ausencia de estadística estatal sobre asesinatos de mujeres trans en nuestro país. Esto, a pesar de que desde la Convención de Belém do Pará, tratado ratificado por el Perú en 1996, erradicar el feminicidio también supone pensar en las mujeres en toda su diversidad (Organización de los Estados Americanos, 1994). Ante esta falta de seguimiento de las instituciones estatales, nos apoyamos en el Observatorio de Derechos TLGBI de la Universidad Peruana Cayetano Heredia para visibilizar que se han identificado 53 asesinatos como resultado de crímenes de odio desde el 2020 hasta el 2023 (Camacho et al., 2024). De los cuales, más del 55% corresponde a mujeres trans. 

Durante este año, 2024, la conmoción e indignación resurgieron con el caso de Cris, una estilista presuntamente asesinada por su entonces pareja, Christopher Mancilla. En el distrito de Ate, sus familiares la encontraron envuelta en sábanas, oculta debajo de la cama y con señales de haber sido apuñalada dos veces. Un mes y nueve días después, aún seguimos exigiendo justicia. 

Las mujeres trans, en palabras de Gianna Camacho y Alex Sánchez, son el grupo más violentado de la comunidad porque transitan del sexo “ganador” al sexo “débil”; siendo castigadas por trasgredir el sistema binario de género en el que se sostienen las sociedades patriarcales (citado en Goytizolo, 2024). En este marco, la máxima expresión de violencia de género es el asesinato. Cuando este se ejerce contra una mujer cuyo sexo asignado al nacer difiere al de su identidad o expresión de género, se configura como un transfeminicidio. Por tanto, el transfeminicidio no tan solo es un asesinato, sino es una forma ritualizada de violencia extrema, donde los cuerpos son mutilados o desfigurados, reafirmando de manera brutal el control cisheteropatriarcal sobre las identidades transgresoras (2024).

Por tanto, no es nuevo ni es absurdo. La violencia transfeminicida es real, y es una de las manifestaciones de violencia más brutales y silenciadas en nuestra sociedad. Es el reflejo de una cultura transfóbica sostenida por los medios de comunicación, la legislación y las instituciones. En ese sentido, aunque como región avanzamos hacia la desprivatización de los crímenes de género en términos de Rita Segarto, aún seguimos enfrentando la impunidad de estos delitos. Más aún cuando, en el sistema de justicia peruano no existe tipificación del delito de transfeminicidio, y estos crímenes son abordados sin un enfoque inclusivo e interseccional. Tal como lo menciona Zelada (2023), “cuando la víctima es una mujer trans, quienes investigan y sancionan estos delitos no hacen uso de los mecanismos previstos para las mujeres”. Por el contrario, la investigación tiende a estar contaminada por estigmas y estereotipos en torno a la identidad de género. Asimismo, la falta de reconocimiento legal de sus identidades impide que las personas trans sean protegidas y que sus nombres y categoría sexual se reconozcan en el Documento Nacional de Identidad (DNI).

Es por ello que, en este día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, recordemos que esta lucha también incluye a nuestras hermanas trans, mujeres que la tienen igual o más difícil que nosotras. El transfeminicidio es una realidad  latente que exige un giro radical en las políticas públicas, en la justicia y en la conciencia social. No se trata solo de un crimen aislado, sino de una forma estructural de violencia que refleja la profunda deshumanización de las mujeres trans en sociedades patriarcales y cisheteronormativas como la nuestra. Reflejo del colapso de nuestro Estado de derecho, la violencia de género se perpetúa no solo por la omisión de una tipificación legal adecuada, sino también por la impunidad sistemática que acompaña a estos crímenes. Mujeres que no pueden denunciar sin ser sancionadas por la sociedad, y cuyos perpetradores siguen impunes. 

Recordar y exigir justicia para todas ellas es un acto de amor, resistencia y solidaridad en nuestra continua lucha por un mundo sin violencia. No olvidemos que cada una, con sus historias y sus luchas, es parte de nosotras y merece vivir sin miedo y con dignidad. En este contexto, la lucha por la justicia trasciende lo individual y se convierte en un acto de resistencia colectiva frente a un sistema político que ha perdido su capacidad de proteger a toda su ciudadanía. Reivindicar la memoria y la dignidad de las mujeres trans no es solo un deber moral, sino un paso crucial para reconstruir una democracia que garantice igualdad y justicia para todes. Un estado democrático en el que las mujeres trans ya no sigan siendo invisibilizadas, ni en la ley ni en la vida.

Referencias bibliográficas: 







 
 
 

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